Esta mañana nos hemos dirigido en primer lugar a la Plaza de San Pedro y puesto a la cola, que bordeaba una de las columnatas, para entrar en el mayor templo de la cristinadad: la Basílica. Esta Plaza fue
construida por Bernini y la idea de las dos columnatas que la rodean, de
travertino del Tivoli, era la de albergar a modo de brazos a los peregrinos que
se acercan allí. Están coronadas por estatuas de santos de tres metros y pico
de altura y pudimos verlas, más tarde, de cerca. La cola afortunadamente
caminaba deprisa y enseguida estábamos ante los ojos inquisitorios de los que permitían la entrada a los que
iban “decentemente” vestidos.
